EFEMERIDE | Eduardo Galeano: Los hijos de los días

 Octubre

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Los últimos viajes de Cortés

En 1547, cuando sintió que la muerte le estaba haciendo cosquillas, Hernán Cortés mandó que lo sepultaran en México, en el convento de Coy oacán, que iba a honrar su memoria. Cuando murió, el convento seguía en veremos, y el difunto tuvo que alojarse en diversos domicilios de Sevilla.

Por fin consiguió lugar en un barco que lo llevó a México, donde encontró residencia, junto a su madre, en la iglesia de San Francisco de Texcoco. De ahí pasó a otra iglesia, junto al último de sus hijos, hasta que el virrey ordenó que se mudara al Hospital de Jesús y que se quedara allí, guardado en lugar secreto, a salvo de los patriotas mexicanos locos de ganas de profanarlo.

La llave de la urna fue pasando de mano en mano, de fraile en fraile, durante más de un siglo y medio, hasta que no hace mucho los científicos muertólogos confirmaron que esa pésima dentadura y esos huesos marcados por la sífilis son todo lo que queda del cuerpo del conquistador de México.

Del alma, nada se sabe. Dicen que dicen que Cortés había encargado esa tarea a un almero de Usumacinta, un indio llamado Tomás, que tenía un almario donde guardaba, en frasquitos, las almas idas en el último suspiro; pero eso nunca se pudo confirmar.